Dictadura

Durante la época del franquismo los medios de comunicación tuvieron que sufrir uno de los sistemas de censura más duros que jamás se haya conocido en la historia negra de la prensa. Ni si quiera la propaganda nazi, ni el fascismo de Mussolini la pudieron igualar en cuanto a la dureza de sus metodos. El régimen surgido de la guerra civil de 1936 era especialemnte sofisticado en cuanto a los sistemas de control que establecía. La censura previa, secuestro de las informaciones, multas a los medios eran moneda de cambio habitual en las redacciones de aquella época. Pero sin duda el tipo de censura más eficiente de todos consistía en asegurarse la alienación de los periodistas. Para ello se concedía el carnet para ejercer la profesión tan sólo a aquellos que eran afines al ideario del movimiento y se creaba un colegio de periodismo que servía para detectar cualquier intento reacionario. Los resultados fueron inmejerorables durante cuarenta años se mantuvo a raya cualquier voz discordante.
El sistema de censura del franquismo era un perfecto hijo de su padre, esto es, cumplía la misión de dar a escuchar una sóla versión de los hechos porque los sistemas dictatoriales teorizan todo en terminos de bueno o malo.
En la actualidad, con una democracia perfectamente asentada en España todavía existen este tipo de peligros. Los partidos al igual que todo ser viviente tienden a asegurar su supervivencia; la diferencia es que a más poder más posibilidades de corromperse. Estas tentaciones existen y son cíclicas. El problema real surge cuando no salen a la luz, es entonces cuando hay que sospechar que verdaderemente han triunfado.
El Consejo Audiovisual de Cataluña (CAC) es en la actualidad noticia por haber hecho un informe en el que acusa a la Cope de cometer irregularidades en sus informaciones y porque se prevé que va a recibir atribuciones que le permitirán sancionar a los medios. Si se llega a confirmar esto último significaría que un organismo en el que sus dirigentes son elegidos por el poder político asume competencias que son propias del sistema judicial. Se rompería de esta manera la separación de poderes. Si bien una institución de este tipo no puede entrar a valorar los contenidos porque los límites a la libertad de expresión están en la Administración de la justicia.
Además, el CAC cuenta entre sus cometidos el otorgar licencias, velar por el pluralismo político, religioso, social lingüístico y cultural. Como proposito estas competencias resultan muy encomiables pero en la práctica son como poco dificultosas de realizar. Porque, por ejemplo, asegurar el pluralismo es un concepto terriblemente ambigüo y puede dar lugar mucho más facilmente a abusos del poder central mucho más graves que el mal que pretende remediar.
El CAC guarda demasiadas coincidencias con épocas ya pasadas. Su pretensión de verificar lo que está bien o mal en terminos absolutos o la preeminencia que da al poder que está en el Gobierno al usurpar los otros poderes traen muy malos recuerdos.


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